| EL GOZO DE RECIBIR |
| Hasta ahora no
habéis pedido en mi nombre, pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo
sea cumplido |
Desde pequeños se nos enseña que recibir es motivo de gozo. Las oportunidades de recibir las esperamos con ansias. Pero cuando vamos creciendo, por diversas razones el gozo de estas ocasiones se va diluyendo, porque con el acto puro y simple de recibir se van mezclando nuevas realidades; nuestros anhelos se ponen caros. Por otra parte, comenzamos a sentir la presión del compromiso social; si la tía Rosita no dio algo para nuestro cumpleaños, ¡no olvidemos la fecha del suyo!. Hay otro problema que a veces surge en torno de un regalo. Es el compromiso moral que contraemos al recibirlo. Por eso, se espera que los políticos sean sabios y prudentes en los regalos que aceptan: un suéter o un cinturón no se considera impropios, ¡pero un castillo en el sur de Francia es algo muy distinto!. El lector, tal vez nunca ha tenido que rechazar la dádiva de un
castillo en el sur de Francia......o en ninguna otra parte, pero tenemos
que admitir que en la vida adulta pocos hemos cultivado el arte de
recibir con dignidad, cortesía y sencillez, lo que otros no dan. Paco, un joven de 15 años, recibe de su tío Julio para Navidad un
equipo de juegos electrónicos. ¿Es bueno o malo el regalo?. Si verdaderamente queremos beneficiarnos con lo que recibimos, es
imperativo que aprendamos a evaluarlo con criterio maduro y objetivo,
libre de actitudes y emociones inapropiadas. En otras palabras, ¿Qué es lo que nos permite evaluar las actitudes que los demás adoptan al darnos algo? Sin duda que el criterio sano de deriva de nuestra relación con Dios. Los sentimientos y actitudes típicos de los seres humanos no son una guía segura para saber recibir. Los discípulos de Cristo debían estar dispuestos a recibir a aceptar la hospitalidad de quienes fueran " dignos " de recibirlos a ellos. Y esta dignidad se basaba, evidentemente, en la actitud que los habitantes de la casa visitada adoptaran, no tanto hacia la persona de los discípulos, sino hacia el mensaje que llevaban. Si hubieran llevado un mensaje político o filosófico, es decir, algo de origen puramente humano, no habrían tenido derecho a mostrarse ofendidos ante el rechazo. Hasta el punto de sacudir el polvo de sus zapatos en testimonio contra la familia o ciudad que rechazara las Buenas Nuevas. Aquí surge una paradoja importante; Lo que nos da verdadero valor ante Dios y los hombres no es lo que somos, sino a quién representamos. Si nuestra vida la vivimos en nombre de Cristo, nuestros actos llegan a tener una trascendencia que jamás pueden poseer las acciones de quien se representa sólo a sí mismo. Ese don de la salvación en Cristo Jesús, que conlleva el perdón de nuestros pecados y todos los tesoros sin par de la gracia divina, es lo que nos concede nuestra verdadera dignidad y valor delante de los demás. De lo dicho se desprende la mayor lección sobre el arte de recibir,
a saber, que lo más importante en la vida no son los dones materiales,
los objetos que con el uso se van gastando, no importa cuál haya sido
su valor original. Lo más valioso en la vida son los dones intangibles
que vienen de Dios. Uno de los dones más preciosos de Dios es algo que, cuando lo recibimos, nuestro primer impulso es rechazarlo profundamente ofendidos. Se trata de la crítica que a veces otros hacen de nuestra conducta. ¿Cómo puede la crítica ser un don de Dios? La razón es muy sencilla; Dios anhela corregir nuestros malos rasgos de conducta. Pero hay dos fuerzas que se oponen a su voluntad en primer lugar, nuestro orgullo, que nos hace revolvernos como un toro enfurecido contra los cercanos que se atreven a sugerir que nuestra conducta debiera cambiar. Y en segundo lugar, debido a que tendemos a reaccionar con orgullo y frialdad cuando nos quieren señalar nuestros errores, los demás no se interesan en exponerse a nuestra hostilidad, o a poner en peligro su relación con nosotros, criticando nuestra conducta o amonestándonos a cambiar. Se establece, así, una conspiración de silencio en la cual, tanto nosotros como nuestros seres queridos, optamos por tomar el camino más fácil: el de la inercia, el de " aquí no ha pasado nada ". Ante esta situación; Así sucedió al pueblo de Israel en muchas ocasiones. Cuando los descendientes de Abrahán se portaban mal y persistían en ignorar o maltratar a los profetas de Dios que los amonestaban con amor, Dios permitía que los numerosos enemigos de la nación los acosaran. y Usted, lector, ¿Qué hará?. Al evaluar los dones de Dios, no apartes de tu lado a los que parece difícil de aceptar, y también recibirás el regalo que más necesitas. ¡Cristo Jesús! El apóstol San Juan declara: Que nuestro amante Padre celestial nos conceda el verdadero gozo de recibir.
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