La Biblia usada para este estudio corresponde a la versión más difundida en el mundo.
Antigua Versión de Casio doró de Reina (1569) Revisada por el Reverendo, Cipriano de Valera en (1602).
Otras Revisiones, 1862, 1909 y 1960.
En algunos textos Bíblicos se usa la VM (versión moderna) para mejor compresión
Capítulo 5
| La consagración |
LA PROMESA de Dios es: " Me buscaréis y me hallaréis cuando me buscaréis de todo vuestro corazón " Jeremías 29: 13 . Debemos dar a Dios todo el corazón o, de otra manera, el cambio que se ha de efectuar en nosotros, y por el cual hemos de ser transformados conforme a su semejanza, jamás se realizará. Por naturaleza estamos enemistados con Dios. El Espíritu Santo describe nuestra condición en palabras como éstas: " La cabeza toda está ya enferma, el corazón todo desfallecido ", Estamos enredados fuertemente en los lazos de Satanás, por el cual hemos " sido apresados para hacer su voluntad " 2 Timoteo 2: 26 . Dios quiere sanarnos y libertarnos. Pero, puesto que esto demanda una transformación completa y la renovación de toda nuestra naturaleza, debemos entregarnos a él enteramente. La guerra contra nosotros mismos es la batalla más grande que jamás hayamos tenido. El rendirse a sí mismo, entregando todo a la voluntad de Dios, requiere una lucha; mas para que el alma sea renovada en santidad, debe someterse antes a Dios. El gobierno de Dios no está fundado en una sumisión ciega y en una reglamentación irracional, como Satanás quiere hacerlo aparecer. Al contrario, apela al entendimiento y la conciencia. "¡Venid, pues, y arguyamos juntos !" ( Isaías 1: 18 ) , es la invitación del Creador a todos los seres que ha formado. Dios no fuerza la voluntad de sus criaturas. El no puede aceptar un homenaje que no se le dé voluntaria e inteligentemente. Una sumisión meramente forzada impedirá todo desarrollo real del entendimiento y del carácter: haría del hombre un mero autómata. No es ése el designio del Creador. El desea que el hombre, que es la obra maestra de su poder creador, alcance el mas alto desarrollo posible. Nos presenta la gloriosa altura a la cual quiere elevarnos mediante su gracia. Nos invita a entregarnos a él a fin de que pueda hacer su voluntad en nosotros. A nosotros nos toca decidir si queremos ser libres de la esclavitud del pecado para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios.
Al consagrarnos a Dios, debemos necesariamente abandonar todo aquello que nos separe de él. Por esto dice el Salvador:
Hay algunos que profesan servir a Dios a la vez que confían en sus propios esfuerzos para obedecer su ley, formar un carácter recto y asegurarse la salvación. Sus corazones no son movidos por ningún sentimiento profundo del amor de Cristo, sino que tratan de ejecutar los deberes de la vida cristiana como una cosa que Dios demanda de ellos, a fin de ganar el cielo. El amor de Cristo es el móvil de la acción. Aquellos que sienten el constructivo amor de Dios no preguntan cuánto es lo menos que pueden darle para satisfacer los requerimientos de Dios; no preguntan cuál es la más baja norma aceptada, sino que aspiran a una vida de completa conformidad con la voluntad de su Salvador. Con ardiente deseo entregan todo y manifiestan un interés proporcionado al valor del objeto que buscan. El profesar pertenecer a Cristo sin sentir amor profundo, es mera charla, árido formalismo, gravosa y vil tarea.
¿Creemos que es un sacrificio demasiado grande dar todo a Cristo? El Hijo de Dios dio todo para nuestra redención: la vida, el amor y los sufrimientos. ¿Y es posible que nosotros, seres indignos de tan grande amor, rehusemos entregarle nuestro corazón? Cada momento de nuestra vida hemos sido participantes de las bendiciones de su gracia, y por esta misma razón no podemos comprender plenamente las profundidades de la ignorancia y la miseria de que hemos sido salvados. ¿Es posible que veamos a Aquel a quien traspasaron nuestros pecados y continuemos, sin embargo, menospreciando todo su amor y su sacrificio? Muchos corazones orgullosos preguntan: "¿ Por qué necesitamos arrepentirnos y humillarnos antes de poder tener la seguridad de que somos aceptados por Dios ?" Mirar a Cristo. En él no había pecado alguno y, lo que es más, era el Príncipe del cielo; mas por causa del hombre se hizo pecado. " Con los transgresores fue contado: y él mismo llevó el pecado de muchos, y por los transgresores intercedió " Isaías 53: 12
¿Y qué abandonamos cuando damos todo? Dios no nos pide que dejemos nada de lo que es para nuestro mayor provecho retener. En todo lo que hace, tiene presente la felicidad de sus hijos. Ojalá que todos aquellos que no han elegido seguir a Cristo pudieran comprender que él tiene algo muchísimo mejor que ofrecerles que lo que están buscando por sí mismos. El hombre hace el mayor perjuicio e injusticia a su propia alma cuando piensa y obra de un modo contrario a la voluntad de Dios. Ningún gozo real puede haber en la senda prohibida por Aquel que conoce lo que es mejor y proyecta el bien de sus criaturas. El camino de la transgresión es el camino de la miseria y la destrucción. Es un error dar cabida al pensamiento de que Dios se complace en ver sufrir a sus hijos. Todo el cielo está interesado en la felicidad del hombre. Nuestro Padre celestial no cierra las avenidas del gozo a ninguna de sus criaturas. Los requerimientos divinos nos llaman a rehuir todos los placeres que traen consigo sufrimiento y contratiempos, que nos cierran la puerta de la felicidad y del cielo. El Redentor del mundo acepta a los hombres tales como son, con todas sus necesidades, imperfecciones y debilidades; y no solamente los limpiará de pecado y les concederá redención por su sangre, sino que satisfará el anhelo de todos los que consientan en llevar su yugo y su carga. Es su designio impartir paz y descanso a todos los que acudan a él en busca del pan de la vida. Solamente demanda de nosotros que cumplamos los deberes que guíen nuestros pasos a las alturas de la felicidad, a las cuales los desobedientes nunca pueden llegar.
La verdadera vida de gozo del alma es tener a Cristo, la esperanza de gloria, modelado en ella.
Muchos dicen: El conocimiento de nuestras promesas no cumplidas y de nuestros votos quebrantados debilita nuestra confianza en nuestra propia sinceridad y nos induce a sentir que Dios no puede aceptaros; mas no necesitamos desesperar. Lo que necesitamos comprender que es la verdadera fuerza de la voluntad. Este es el poder que gobierna en la naturaleza del hombre: el poder de decidir o de elegir. Todas las cosas dependen de la correcta acción de la voluntad. Dios ha dado a los hombres el poder de elegir; depende de ellos el ejercerlo. No podemos cambiar nuestro corazón, ni dar por nosotros mismos los afectos a Dios; pero podemos elegir servirle. Podemos darle nuestra voluntad, para que él obre en nosotros, tanto el querer como el hacer, según su voluntad. De ese modo nuestra naturaleza entera estará bajo el dominio del Espíritu de Cristo, nuestros afectos se concentrarán en él y nuestros pensamientos se pondrán en armonía con él. Desear ser bondadosos y santos es rectísimo; pero si sólo llegamos hasta allí de nada nos valdrá. Muchos se perderán esperando y deseando ser cristianos. No llegan al punto de dar su voluntad a Dios. No eligen ser cristianos ahora. Por medio del debido ejercicio de la voluntad, puede obrarse un cambio completo en nuestra vida. Al dar nuestra voluntad a Cristo. Nos unimos con el poder que está sobre todo principado y potestad. Tendremos fuerza de lo alto para sostenernos firmes, y rindiéndonos así constantemente a Dios seremos fortalecidos para vivir una vida nueva, es a saber, la vida de la fe.
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